Cuatro días de rodríguez

La cosa empezó en España con una película de 1965, El cálido verano del señor Rodríguez, que contaba la historia de un tipo que se quedaba sólo y aprovechaba para tirar la chancleta, mientras su esposa e hijos pasaban las vacaciones en la costa. Hay quienes dicen que la expresión es anterior y que el apellido del protagonista de la película fue elegido justamente por eso, la cuestión es que a partir de entonces «quedarse (o estar) de rodríguez», se popularizó al punto de que veinte años después la Real Academia Española incorporó el apellido en minúsculas a su diccionario:

rodríguez
De Rodríguez, apellido.
1. m. coloq. Hombre casado que se queda trabajando mientras su familia está fuera, normalmente de veraneo. Anda, está, se queda de rodríguez.

Por cierto, tirar la chancleta también está en el diccionario, como expresión rioplatense:
tirar la chancleta
1. loc. verb. coloq. Arg. y Ur. Dicho de una persona: Darse súbita e inesperadamente a una conducta más liberada.
Lo cual me hace ver que la he usado mal porque me parece que Rodríguez tenía planeado con días de antelación salir de parranda. De súbito nada, y ahora que lo pienso no sé si no es la RAE quién tiene que corregir esta acepción.

Cuarenta años después las cosas han cambiado: la mujer se ha incorporado al mercado laboral y ya no es el ama de casa que se va de vacaciones con los críos mientras el marido se queda trabajando y haciendo cagadas. Ahora se joden los dos trabajando a la par y la infidelidad la disfrutan y la sufren ambos, también a la par, como buenamente pueden. De hecho, hoy por hoy, las españolas también dicen que se quedan de rodríguez cuando tienen ocasión de quedarse solas en casa, de modo que la RAE debería ir actualizando también esta otra entrada en el diccionario.

Todo esto viene a cuento de que me ha tocado, oigan: me he quedado cuatro días de rodríguez. Pero en mi caso, lejos de tener intenciones de liberar bajos instintos tenía expectativas altas: levantarme un poco más tarde, escuchar música, nadar, leer, tocar la guitarra, ir al tablado, cenar con amigos. La rutina de la paternidad reduce los placeres personales a cosas sencillas porque si bien en esencia el gran cambio es que te preocuparás por otra persona hasta el día de tu muerte, en la cotidiana, es sobre todo que tu tiempo depende de otros, y los días de rodríguez te devuelven más que nada eso: un transcurrir de las horas sin más horarios que los tuyos.

Cuando vivía solo solía levantarme tarde. Podía entrar a trabajar a las 10 de la mañana a más tardar, así que me levantaba pasadas las 9, me quemaba con un café y salía. Con el vástago en casa vino un cambio importante: ahora me levanto tres horas más temprano. No me quejo, semejante cambio me ha venido muy bien: si bien en invierno es algo deprimente despertar y descubrir la noche al levantar la persiana —tener que encender la luz, como si el tiempo no hubiera pasado ahí afuera desde que nos acostamos, todo igual de oscuro y de inhóspito—, disponer de un par de horas libres antes del trabajo es algo que disfruto mucho.

El ocio noctívago ha desaparecido a cambio de tiempo en las mañanas para nadar o leer y luego uno entra al curro con el sentimiento de que la parte del disfrute personal ya está hecha. Pero para variar, poder dormir un poco más es algo que anhelaba, o más bien deseaba quedarme en vela hasta más tarde, y levantarme más tarde en consecuencia, sin tener que decir cincuenta veces las palabras «dale» y «vamos» en la siguiente media hora. Así que la primera noche salgo a tomar una con los muchachos y vuelvo con cuatro o cinco y un sueño como para dormir los cuatro días seguidos.

Seis de la mañana: la gata empieza a maullar. Me levanto a ponerle comida pero el cuenco está casi lleno. Me acuesto, y viene detrás de mí, maullando. Quiere que me levante, no sé para qué si después me ignora todo el día, la desgraciada. Y no hay caso. La dejo fuera y cierro la puerta pero insiste y acabo por levantarme.

Me había anotado cosas para hacer, una equilibrada lista entre obligaciones y deseos, y con el paso de los días veo que la he ignorado bastante, pero también por partes iguales entre lo que me imponía y lo que deseaba. Estas listas suelen ser ambiciosas. Al tercer día lo que queda de la lista, que es bastante, es una quimera y me invade el desasosiego. La alegría infantil, el juego, la demanda, son todas ya y ahora, con un niño en casa no hay tiempo para mirar hacia atrás y mejor no pensar en el futuro, Vicente juega, pide, salta, cambia, jode, llora y ríe, es puro estar en el instante que tenemos, y sin esa fuerza me quedo sin pulso, es como una descompresión, soy un astronauta en el lado de afuera de la nave.

Un plato sucio me lleva a la cocina, la gata se acurruca en el balcón, busco una melodía por toda la casa para unos acordes sueltos, guardo ropa de Vicente recién lavada, no sé distinguir una camiseta de vestir de una camiseta de pijama, la guardo en las comunes. Silvia Pérez Cruz canta todo el día en la lista infinita, alcanza una elección para escuchar música sin parar, hasta que la deriva obliga a romper la cadena.

La penúltima noche sueño un bus que está por irse y yo con una vieja valija abierta, como las que usaban los inmigrantes hace cien años, y lo último que estoy empacando son piezas de lego, piezas sueltas que manoteo de encima de la cama y la mesa de luz y en el piso y no terminan de aparecer piezas de lego por todas partes y me voy a perder el bus que no sé a dónde va pero que no puedo perderme.

Me levanto. Lunes. Si el siglo veinte fue la edad de la ansiedad, ¿de qué viene el veintiuno? Si ya hay tanta máquina que hace todo por nosotros, ¿por qué seguimos trabajando cinco días a la semana? Preguntas de hombre que durmió poco mientras se lava la mala cara. En el desayuno me pongo a pensar que la soledad no es la misma de antes. Viví solo en una era previa al celular. Qué loco que nadie supiera realmente qué carajo estabas haciendo, durante días. Ahora tanta gente lo publica al instante como si importara. Y si no lo haces, igual lo sabrá tu celular. Cada vez es más difícil hacer algo sin que el celular se entere.

Sin que el celular se entere
bajo en chanclas a la playa
dejo al grillo allá en la casa
que se joda que proteste
o es feliz si no somete
yo me mojo los tobillos
pero vuelvo no es sencillo
evitar grabar video
que no subo salí feo
puto bicho de bolsillo

Va contigo allí latente
en el bolsillo un soldado
coronel si está en tu mano
te degrada a teniente
con el pulgar obediente
saltando de reel en reel
sometido como un gil
y la libertad en pos
sentadito haciendo el dos
se te quedó en el redil

Me doy el lujo de la melancolía. Aburrido, escribo unas décimas, por ejercitar, mientras siento que este texto ha perdido el pulso, como yo. Perdonen que los hice llegar hasta acá. Mejor salgo a caminar, ya vengo.

Hay poca gente en la ciudad, mucha gente ha huido a las playas aprovechando los feriados de carnaval, y los pocos que se han quedado animan la rambla que se deja acariciar por una brisa que sopla del mar. Me cruzo con un flaco de musculosa que viene tarareando el jingle de temu y dos minutos después lo mismo con una doña que pasea un perrito. Seguramente uno de ellos le pegó la melodía al otro. Miro al cuzco buscando una mirada cómplice pero me ignora.

Acabo de terminar un libro que se llama Austeridad o barbarie en el cual el autor plantea una idea interesante: el ser humano moderno ha divorciado el mundo en el que vive del mundo del que vive. No conoce este último y por eso lo trata como lo trata, piensa que es infinito, no tiene empatía ninguna, o ni siquiera piensa nada, consume como si no hubiera mañana y justamente por eso es muy probable que no haya mañana, y eso es muy injusto con los que vienen, a quienes los espera la escasez y la barbarie. Se me da por pensar que el arca de Noé sería hoy mucho más pequeña, y que seguirá achicándose hasta ser apenas una barca a la deriva en un océano podrido, si desaparecen especies todos los días, como muere un idioma cada dos semanas. Mejor pienso otra cosa, me digo, y me siento a mirar niños jugando.

Una tarde que no hay viento
huye el sol en lontananza
y la máquina descansa
gira el cascote más lento
y yo siento que lo siento
bajo mis pies apagado
un mundo desenchufado
con niños jugando libres
divirtiéndose invencibles
con el sol anaranjado

Así está mejor. El lunes se ha ido en perder el tiempo, el sol se demora hasta que llego a casa y una jarra de cerveza me tira en el sillón. Mañana volverán a casa y la densidad oscura de las profundidades mentales saldrá a la superficie alegre de los días. Saludos de rodríguez.

Cuatro días de rodríguez

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